IV CERTAMEN DE RELATO BREVE RICARDO SOLA
A continuación, os invitamos a leer los tres relatos ganadores de nuestro concurso. También quiero agradecer la participación de nuestra alumna Cristina y felicitarla por el resultado obtenido, aunque finalmente no fue una de las premiadas.
PRIMER PREMIO: "Despoblación", de Esther Hernández Frago (María de Huerva). 86 puntos.
DESPOBLACIÓN
En el pueblo solo quedaban doce luces encendidas cuando caía la noche. Desde la ventana, Tomasa las contaba cada día como quien repasa un rosario: la suya, la del bar, la de Aurelio –si no se había ido a dormir temprano– y las demás, cada vez más distantes, más frágiles.
El cierzo bajaba del monte cargado de silencio. No era un silencio limpio, sino uno lleno de ausencias: la escuela cerrada, las casas con las persianas vencidas, el eco de unas fiestas que ya nadie recordaba del todo. Antes, el sonido de las campanas marcaba la vida, ahora solo marcaban el paso del tiempo, lento y obstinado.
Tomasa hablaba con las gallinas y con la radio. La radio le traía voces de
ciudades que no conocía, donde la gente se perdía entre multitudes. Aquí, en cambio, uno se perdía sin moverse. Bastaba quedarse.
Los domingos salía a la plaza, aunque no hubiera nadie. Se sentaba en el banco de piedra y miraba el frontón agrietado, los nombres borrados en la pared del ayuntamiento el cielo inmenso de Aragón, tan ancho que a veces dolía. Pensaba que la soledad no era estar sola, sino ser la última en recordar.
Cuando el sol se escondía tras los campos yermos, Tomasa volvía a casa despacio. Encendía la luz y, por un instante, el pueblo sumaba una más. Mientras tanto, resistía. Porque alguien tenía que quedarse para que el lugar siguiera existiendo.
SECUNDO PREMIO: "El armario de madera", de Nadiezda Avila Guerra (Muel). 85 puntos.
EL ARMARIO DE MADERA
A mi tía le decían la Gallega. Cubana era de pura cepa, de linaje mestizo y mulato. Cargaba con ese apodo porque según mis abuelos era muy blanca; un capricho de la genética, como si el sol martilleante y sediento nunca la hubiera besado, y en aquel clima recio e incandescente, se hubiera olvidado de ella. La Gallega vivía con una fiereza incombustible, con la convicción del optimismo tatuada en el alma, y un coraje de hierro, forjado en el yunque de mil batallas solitarias. Llevaba en la sangre la firmeza del carácter, heredada de una estirpe de mujeres indomables, una lengua afilada para la justicia, y la mirada profunda, surcada por las cicatrices de quien ha vivido muchas veces.
Ella no sabía escribir cartas de amor; todo lo que de amor conocía, eran el cuidado, la presencia constante, y el canto a la vida como un homenaje perpetuo. Contrajo nupcias silentes con su país, firmó un contrato que exigía un constante tributo d e entrega y devoción. Con una fe inquebrantable abrazó las insignias que enarbolaría hasta su último aliento. A menudo, sacaba orgullosa de la maleta de la memoria, recuerdos apolillados de lo que fueron sus gloriosas luchas por construir la Cuba a la que se consagró. La misma Cuba que años después le daría la espalda en su lecho de muerte, cuando hubo que enterrarla en un armario, porque no había un féretro para ella. Cerró los ojos justo cuando la barbarie se avecinaba sobre un país en decadencia estrepitosa.
La patria de mi tía empezó a apagarse con un rugido imperceptible para algunos, una erosión lenta, angustiosa y obstinada que dejaba a su paso el cuerpo sin vida de la esperanza. La zozobra se apoderaba de las casas, marchitas por el éxodo de sus hijos a parajes más amables y luminosos, dejando atrás un inventario infinito de pérdidas, donde la más valiosa era siempre la humana. Ausencias silenciosas, sentadas a la mesa con un grito ahogado y presente. La Gallega no vivió para ver una Isla detenida en el tiempo a merced del olvido y la desidia, corroída por el salitre y la mentira con una paciencia maldita, transformando la existencia en una burda pantomima de estoicismo y resistencia. Padres ahogados por el naufragio de los sueños. Un himno desfasado y distante, que solo alcanza a nombrar lo que ya no existe.
A mi tía no le pude dar un último abrazo; es un vacío que se expande reconfigurando una geografía que duele. Duele en un lugar tan profundo que no tiene nombre, es un dolor que nace en la matriz y se extiende como un desgarro en la entraña. Mi Isla se apaga y una parte de mí muere con ella. Cuando una patria se cae a pedazos, la muerte besa tu alma con la misma frialdad con la que el país abandonó a mi tía en su armario de madera.
TERCER PREMIO: "La maleta", de Esther Sánchez Colás (Muel). 83 puntos.
LA MALETA
Amelia preparó con sumo cuidado la maleta, la que cada vez se le hacía más pesada. Echó la llave a un pequeño candado que había colocado para asegurarse de que no se abriera a medio camino. Se puso el abrigo, se calzó sus zapatos de tacón y se pintó los labios. Nadie sospecharía de una joven tan arreglada. Se despidió de sus cuatro hermanos y salió hacia la estación.
En cuanto puso un pie en la calle, un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Estaba siendo un invierno duro. Por suerte se había puesto el abrigo de paño azul que había heredado de una tía fallecida en la guerra. Llevaba algunos meses haciendo el mismo recorrido, pero no se acostumbraba. Con cada paso sentía el corazón más agitado.
Cuando llegó a la estación, los silbidos y el olor a carbonilla delataron la inminente llegada del tren. Su mano apretaba con fuerza y determinación la pesada maleta de madera. Una vez sentada en su asiento esperaba llegar lo antes posible a su destino, despistar a la vigilancia y deshacerse de la mercancía.
De vuelta a casa se sentía diferente. Liberada, poderosa, sus pies bailaban por las aceras. Una vez más lo había conseguido, lo había vendido todo. La maleta vacía y el monedero lleno.
Días después volvería a subir a ese tren con su maleta de madera, su abrigo de paño azul, sus tacones y sus labios pintados.

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